12 de febrero de 2016

Flor Molina, ejemplo de superación para víctimas de trata de personas

Cuando hace 15 años la mexicana Flor Molina escapó de una red de trata de personas desconocía que un día su historia se convertiría en ejemplo de superación para las miles de víctimas de esclavitud que el grupo CAST LA calcula que hay en Estados Unidos.

Su activismo para abolir la esclavitud y la trata de personas la llevó a reunirse con legisladores californianos y les convenció para que aprobaran herramientas legales para combatir este drama.

De su trabajo surgieron las leyes estatales SB 657, que criminaliza la trata de personas, y la AB 22, que brinda protección a las víctimas, y el exgobernador de California Arnold Schwarzenegger (2003-2011) proclamó el 11 de enero como el Día de la Conciencia sobre la Trata de Personas.

Entre 14,500 y 17,500 personas entran anualmente a Estados Unidos como víctimas de la trata de personas, según el Departamento de Estado. Molina fue una de ellas.

Su calvario
El calvario de esta mujer comenzó a finales de 2001, cuando su maestra de corte y confección en México le comentó que una fábrica de ropa de Los Ángeles buscaba trabajadores y si marchaba con ella no tendría que preocuparse del alojamiento, comida y otras necesidades básicas.

“Para mí fue muy difícil tomar la decisión de dejar a mis hijos y mi madre, pero estaba desesperada porque mi bebé se murió por no poder llevarle a un mejor hospital. Temía que le pudiera pasar lo mismo a mis otros hijos”, aseguró Molina.

Molina y su profesora partieron hacia Tijuana (México) y en la ciudad fronteriza conocieron a la que sería su “patrona”. Con la ayuda de un “coyote”, las tres mujeres llegaron a Los Ángeles.

Ya en la fábrica de costura, la patrona no tardó en hacer valer su control y autoridad y en poner en práctica mecanismos de chantaje para coaccionar a sus presas humanas.


“Me dijo que tenía una gran deuda de casi 3,000 dólares y que me tocaba ponerme a trabajar inmediatamente para pagarle”, relató la mexicana. “Me amenazó y dijo que si yo avisaba a la Policía, iban a dañar a mi familia en mi país de origen, a mi madre, a mis hijos y a mis hermanos”.

Durante 40 días trabajó 18 horas diarias, con apenas 10 minutos para comer, y dormía junto a su maestra de costura en un colchón sucio sobre el suelo de una pequeña bodega.

Salvación
Tras sufrir abusos físicos y emocionales por parte de la patrona, que la abofeteaba delante de sus compañeras y le tiraba del cabello cuando estaba inconforme con su rendimiento laboral, Molina logró escapar y pedir apoyo de CAST LA y la Coalición por los Derechos Humanos de los Inmigrantes (CHIRLA).

Tras la denuncia a las autoridades y una investigación preliminar, se procedió al arresto de varios individuos, entre ellas su patrona.

“Se inició un caso legal. Éramos dos testigos, pero, por las amenazas, mi maestra recibió dinero y se fue a México. Así que, me quedé sola con el caso”, explicó Molina.

“Además, en ese tiempo, a principios de 2002, no se conocía la trata de personas como se conoce hoy en día en Estados Unidos”, indicó.

Esta superviviente dijo que su patrona cumplió seis meses de arresto domiciliario y posteriormente quedó en libertad, y desde entonces ha tratado de averiguar su paradero en varias ocasiones.

“No sé si aún me están buscando, pero hubo un tiempo en que sí lo hacían”, dijo la inmigrante. “Como sobreviviente, mi seguridad ha estado siempre en riesgo y por eso ha sido importante mantenerme en las sombras”.

Aunque le ha llevado años, esta oriunda de Puebla ha dejado finalmente de esconderse detrás de la identidad y el nombre falso que usaba, y ejerce su profesión como vigilante de seguridad en Los Ángeles sin temor a represalias.

Su denuncia sirvió para generar una conciencia social sobre la urgencia de abordar la llamada ‘esclavitud del siglo XXI’ en países del primer mundo y su labor llegó también a oídos del presidente Barack Obama, que el año pasado la invitó a la Casa Blanca para unirse a un grupo de asesores para combatir la trata de personas.

“Es un nombramiento, pero no es un trabajo en una oficina. No me pagan por lo que hago. Yo soy una activista voluntaria”, concluyó Molina.